lunes, 14 de abril de 2008

Cada vez que te miro (*)

A Carla Claribel
Octubre del 2006
/ 16 de Septiembre del 2007
Cada vez que te miro, siento que
el sol oscurece mis retinas,
y, de noche, el frío hace temblar
mis entrañas como los de
un perro envenenado.
Siento que me falta el aire que
desintoxique mis pulmones
cocainizados
de azufre y otros barbitúricos. Cada vez que te miro, observo
que en tus ojos se refleja mi
paranoica insomne mirada y debo frotar y refrotar mis ojos para
comprender que estos desvaríos
químicos tampoco te son ajenos. Sicóticamente escudriño tu figura
y alucino con una miss centenaria
que tiene sus carnes más duras que las tuyas, y, aún así, siento
que necesito de tu presencia para
mentirme que no estoy
tan torcido y caduco todavía. Cada vez que te miro, parezco
un anciano onanista recién
destetado que busca en
la nada el pecho que le calme la sed, aquellas dos que componen
el lácteo materno, y el no tan lácteo carnal lleno de interrogantes.
Esa sed que, cuando me en-cuentro fumando un toco de sata,
hace que construya senos y cosenos con mis trémulas y sudorosas manos,
mientras algunas gotas como a la estalactita caen
desde el vestíbulo de mi nariz. Cada vez que te miro, siento que
en mi cama me falta algo más importante que las frazadas, y no
puedo dormir tranquilo, porque sé que necesito ya no sólo de tu sucúbica
presencia, sino de esa lasciva feladora, que en ciertas madrugadas,
ensimismada como nadie en una... dance-macabre, diga en mi boca
palabras que mis oídos no necesitan saber. Cada vez que te miro, colgado
y perdido desde un etéreo agujerito que abrí en tus adentros, como te
vistes y desvistes en la soledad de... tu home sweet home, pienso en ti,
mientras recuerdo, los primeros
arpegios de un… todavía tienes derecho,
tienes derecho… de nuestro extraño idilio. Así, poseído por un cansado vicio,
no sé que hacer con mis manos que se quedan quietas, y debo correr a las calles para
que nadie descubra mi secreto. Cada vez que te miro, pierdo el hambre,
el cambio del bisne, las monedas que aún papá me regala, las ganas de reír,
y como tonto pienso qué es lo que tanto te miro si, como dice mamá,
todavía no aprendí a limpiarme las narices, entre tanto-abuso al tic del sniff.
Cada vez que te miro, me cuesta entender
por qué te quiero de la forma desesperada en que te estoy queriendo,
si tú eres, la mujer que siempre amé y nunca tuve, y yo, simplemente soy
una brisa de otoño que esta sopla que te sopla y que te requetesopla,
mientras inhalo y evoco, a Dios el ultimo misterio
de nuestros exhálos. (*) Una adaptación del texto original de
Victor Hugo Viscarra, tomado -nunca mejor dicho- del libro
Avisos Necrológicos, 1ra Edición 2005
Editorial Correveidile Págs 70-71.
Que tán desprendidamente me regalo
el propio Vico despues de la presentación de su libro en
la feria del libro de bajo Seguencoma.

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