"... al fondo de un callejón, con la tenue luz de una luminaria, observo a un individuo que apenas puede ponerse de pie, me acerco a él disfrazando el miedo con la compasión. En efecto creo reconocerlo, es Víctor Hugo, el escritor bohemio que circunda siempre estas calles que las tiene por residencia. Años atrás, cuando trabajaba en el canal universitario, le había entrevistado sobre los libros o crónicas que había escrito en la soledad de esta ciudad oscura, entre alcohólicos, prostitutas y mendigos de la noche. Se acerca a mí embebido en su tufo que ya lleva con él varios días, No eres tú acaso el periodista que me entrevistó en el canal universitario, pregunta. Lo observo y asiento con la mirada la confirmación de esa pregunta, Bueno y que haces por aquí, dice, éste no es tu sitio, Salí a caminar y mi andar me trajo por estos lugares, Sabes, dice, hace treinta y cuatro años yo también salí a caminar y nunca más regresé a mi casa, por ese entonces la ciudad era tranquila y la noche propicia para dormir a la intemperie. Ahora es casi imposible, a cada paso está el peligro que te observa desde las sombras y te quita lo único valioso que posees, tu vida. Había empezado a brotar un frío helado que corroía los huesos hasta hacerlos tiritar. De pronto sentí una mano que se enlazaba a mi brazo derecho sin pedir permiso, Vamos, me dijo, te invito un trago en la Sabasta, allí por lo menos calmaremos el frío y me contarás sobre esos pensamientos que te trajeron hasta aquí. Caminamos juntos por la acera quebradiza y llena de baches bajo la densa penumbra que invadía aquellas calles sucias y malolientes. La Sabasta es un local viejo, con paredes manchadas y cuatro mesas a punto de romperse, con sillas de tapices rotos y un mostrador de madera que ofrece a sus clientes un tipo de licor, quizás el más barato de la ciudad y por qué no decirlo del mundo entero. Entramos y el humo del cigarrillo se prende a mi chaqueta. Cuando observo el lugar de refilón, sólo una de las mesas está ocupada por una pareja de hombres y una mujer gorda con la cara hinchada y los ojos llorosos. Vamos hasta el fondo del lugar, nos sentamos y de la nada aparece otra mujer de carnes aguadas, con una cicatriz enorme torcida, oblicua que crece queloidalmente en su pómulo derecho y de la boca se asoma una sonrisa careada como estropeada. Saludó con las atenciones del caso, Por fin te dejas ver, le dice a Víctor Hugo, y por lo visto vienes muy bien acompañado, mira mujer, mejor tráeme lo de siempre y no molestes al joven, él no es para ti. La mujer da media vuelta y se va contoneando las caderas, quién es, pregunto, se llama Matilde y es la dueña de este antro, el tajo en la cara, no es gratuito, lo hizo Renato uno de los muchos hombres que vivieron con ella y la dejaron marcada para siempre. Sufrió demasiado la pobre, con decirte que a los seis años fue violada por su tío y luego por los amigos de su tío. El ambiente se opaca más por el llanto agudo que proviene de la mesa adjunta, es la gorda que no para de llorar mientras los dos hombres la observan en silencio. Matilde trae una jarra de licor con tres vasos de plástico, los deposita en nuestra mesa y después dice, son cinco pesos, no tengas cuidado mujer, que aquí el joven paga lo que consumamos, si es así, está bien, porque a ti ya no te fío más. La mujer se sirve un vaso y lo bebe sin respirar pero no se queda y decide volver al mostrador, bien, dice Víctor Hugo, por tu cara y por tus años sólo puede tratarse de un mal, es una mujer verdad, por qué está tan seguro, pregunto, porque el mal de amores es siempre visible y más aun en la cara de un joven como tú, La verdad es que yo no puedo entenderla, por más que trato de hacerlo me es imposible siquiera comprender sus actitudes. Mira muchacho, en cuestión de faldas no necesitas comprender las actitudes ni mucho menos las razones por las cuales, van basándose las mujeres. Es mejor dejar pasar el tiempo que lo cura todo y hacer que éste se lleve las penas como también los celos, siento un gran amor hacia ella pero este amor es confuso tanto que se pierde entre las peleas constantes. No tengo dudas de ello. Yo por ejemplo me enamoré muchas veces y muchas más fui traicionado. Comprendí entonces que no estaba hecho para el amor ni para la familia, pero si para el deseo y el sexo en todas sus formas. Así el dolor se fue confundiendo con la necesidad de satisfacer la carne, pero en tu caso, creo que las cosas son diferentes tanto que no me atrevo a darte un consejo, sólo escúcheme y eso bastará, bien, somos todo oídos, Fabiana, ese es su nombre, posee una dualidad que ni ella misma puede definirla. Su personalidad siempre está a la par con sus hormonas y eso tiene consecuencias negativas a la hora de sacar las conclusiones en este amor extraño. Muchas veces pensé que con el tiempo las cosas se compondrían y la estabilidad daría paso a la costumbre pero una costumbre que llene los espacios y refresque esta unión de aquí en adelante. Víctor Hugo, me observaba tratando de guardar en la memoria las palabras que de mis labios surgían, después añadí, en estos momentos desearía hablarle y decirle que ambos, no importa cómo, cedamos a las exigencias del otro, escríbele una carta, cuando teníamos estos conflictos siempre lo hacía y le mandaba muchos mensajes a su correo electrónico, dije, pero ahora no tengo cabeza para hacerlo, hazlo una vez más, pero por dónde empiezo, empieza por el principio, eso siempre ayuda, dijo Víctor Hugo, Podría escribirla usted, le pregunté, no lo creo, cómo escribir una carta que contenga un asunto que yo desconozco por completo tanto como el idioma alemán, bueno, creo que es incorrecto que usted lo haga. Disculpe, a veces no sé lo que digo, pero de lo que sí estoy seguro es que escribirle no será nada simple, La vida, amigo mío, no es nada simple, cuanto más lo parece, más hay que dudar sobre ello. Ahora ve a tu casa y deja el dolor para gente como yo. Salí con el cuerpo laso del lugar y el espíritu distraído en contradicciones que aumentaron más mis dudas; dividido entre la sumisión de hacer la carta con palabras fáciles y el sentido común vuelto contra mi diciéndome a lo loco que ni eso servirá para estar otra vez con Fabiana. "
(*) Gracias querido Juan Carlos, por compartir este escrito, que repercute en mi vida. Un abrazo fuerte viejo.Juan Carlos Flores Escobar es un escritor que tiene ya en su haber dos novelas y un libro de cuentos editado en Bolivia, su país de origen. Actualmente viene escribiendo su tercera novela: En esta esquina del tiempo. El presente fragmento le pertenece a su novela: "Evo en el paraiso".
