Apenas un parpadeo y la configutación es otra.
Cafáveres figitales suspiros sinvértebras.
Apenas un vago hedor encriptado.
Zombies deambulan las calles del mundo.
Una nueva raza esta pariendo al engendro digital malesble.
A deep necessity for expression breaks through all formally conceived mediums so that the seed of any personal inspiration can be planted in ourselves. Once done, these seminal spirits die as if nature itself intended that they should be sacrificed ...
Apenas un parpadeo y la configutación es otra.
Cafáveres figitales suspiros sinvértebras.
Apenas un vago hedor encriptado.
Zombies deambulan las calles del mundo.
Una nueva raza esta pariendo al engendro digital malesble.
Alice Cooper
He perdido el acceso aeste blog por mas de cinco años si mal no recuerdo.
He tenido iras sin nombre y no conocidas por psicóloga alguna. Una forma de odio al internet que podría registrarse como alguna nimiedad sin mayores esfuerzos.
Perder el acceso a tu cuenta de Blogger podría parecer cualquier cosa para quien, no ha estado habituado a la escritura. He perdido un montón de escritos en otros sitios que en este instante no recuerdo. He perdido acceso a correos electrónicos que por cambio de políticas de la empresa, me dijeron que si quería mantener la dirección de mi correo debía estar de acuerdo en perder todas mis cartas electrónicas que ahí guardaba. Y vaya que tenía un montón de mamotretos apuntes direcciones de sitios web copy paste de escritos que me interesaron en su debido momento,.
Sin tiempos difíciles como ningún otro conocido en la historia de la humanidad. Anticipado ya por distintos escritores para todos los gustos.
Ese fascismo de la tecnología que obliga al individuo a estar conectado, enchufado con correa cadena o simplemente cargador del equipo de celular, laptop, tablet o pc, poco importa la casita del can.
Es la correa que importa, el nexo, figuras de emisor receptor.
Oscuros y pesados sueños. Imágenes, si –con la mente ardiente y luminosa desde adentro, donde farreo con otros libadores; un bar, construido sobre aguas, de vidrio doble en paredes húmedas de cristal; afuera la noche, oscura y quieta, suavemente un bote eléctrico se mueve y fondea en las aguas; todas, imágenes refractadas en el cristal, difusa y nacida ingrávida por la neblina y el agua adentro que se resiste a la piel del cristal- si, estas imágenes. Una iluminada y oscura noche –mundo de luz, mundos de oscuridad; redes de luz en mares de oscuridad- todo emerge de un imaginado sobre aguas negras- brillan bajo la luz- movedizo, sexuado y visto entre luminosas paredes oscuras de agua y cristal. Bebo vodka, sake, en las tablas de la mente –con otros sexuados farreadores- y, toda nuestra libertad condicional busca descifrar esta errante ancla que anclada viaja en este tres veces obscurecido, ebrio, luminoso y oscuro mundo.
Llueve sin tiempo,
Cualquier Pub del mundo!, ningún hombrezuelo, cualquier mujerzuela al amparo de una sala de despilfarro, y a altas horas de la madrugada, su cuerpo se había convertido en una coctelera, que mezclaba alcohol, cocaína y semen. Ajena totalmente a todo. Su belleza infantil acentuaba el sentimiento de compasión, que despertaba su tez pálida, su maquillaje corrido y sus labios desgastados, por los excesos. Perdida como solo ella, una mañuda corrida mas en la jungla de asfalto. Bajaba las escaleras, de la llamada zona VIP, reservada, a esas horas del alba, a esnifadores incontinentes y a adictos a relaciones vampíricas y sadomasoquistas; con las piernas vacilantes y exageradamente abiertas, buscando mantener el equilibrio, mientras sus medias satinadas se deslizaban por sus pantorrillas, mojadas en orín. Se agarraba a un enorme bolso de charol, que parecía llevarle a ella, mientras su mirada perdida la situaba, en un redefinido limbo. Negaba toda idea predeterminada sobre la belleza, detestaba que la llamen hermosa, aunque ella sabia que lo era. Se sentía perdida en la abstracción de la observación. Ese lugar en el que ni se sufre, ni se goza, y en el que uno se mantiene como un bobo eterno, por efecto de las drogas. Minutos antes, y después de incendiar la mente y la vagina de la niña, el pirómano, entrado en años, había abandonado el local, no sin antes recrearse, bajando la escalinata, con ese aire de torero triunfador, que realiza el paseíllo, erguido y receptivo al aplauso, después de culminar su faena. La había abandonado a su suerte, con esa mentalidad de usar y tirar, que algunos aplican a las personas, con orgullo y sin sombra de remordimiento.
Esto me ocurrió en el verano pasado. El verano, una estación en la que el calor nos permite expansionarnos más y mejor. Un caluroso mediodía yo había decidido ir a almorzar a un restaurante, no muy céntrico, pero acogedor y simpático. Lo había conocido una semana antes, cuando uno de los chicos que cogían conmigo me había invitado a cenar allí. Y me gustó: la sala del comedor era más o menos pequeña, con paneles de madera en las paredes, con cuadros que representan viejas cantinas europeas, con mesas cubiertas con manteles de tela escocesa con mucho marrón y rojo. Un gusto. Ese mediodía me iba a dar la gran fiesta, comiendo yo solita, sin compañía, un buen bife, algún otro plato caliente, postre y café. Y todo acompañado por un vinito espeso, bien tinto, y a temperatura ambiente. Me senté en una de las mesas del fondo, bastante cerca de la caja registradora pero más cerca aún de la ventanita por donde pasaban la comida desde la cocina. Pedí un vino, y un bife de buen tamaño. Mientras esperaba, vi que desde la cocina me miraban con deseo los dos muchachos que hacían las comidas. Yo iba vestida más o menos como siempre, con una camisa rosada, por supuesto sin corpiño (mis 21 años me permiten ignorar por el momento esa incómoda prenda tan poco práctica). Llevaba una faldita negra, mini pero no demasiado, aunque al sentarme se levantaba hasta medio muslo. Sobre todo uno de los cocineros me devoraba con la vista. Yo le devolví la mirada, y, mirándolo siempre, me desprendí un botón de la camisa, de modo que se empezaron a ver los nacimientos de mis pechos, y sé que un poco más que el nacimiento. Él se estremeció, y se fue rápidamente para adentro, supuse que para prepararme el bife. Cuando el mozo me lo sirvió, noté que era un bife precioso, bañado en una especie de salsita desconocida, y con papitas fritas al costado. Cuando lo empecé a cortar y a comer, el cocinerito no sacaba los ojos de mí, y yo entonces me puse a masticar con fruición cada trocito de mi riquísimo bife. Y era cierto: el bife tenía un no sé qué que me hechizaba, y me despertaba los ratones con ese cocinerito que me vigilaba de manera tan manifiesta. Cuando terminé el bife, pedí unos tallarines con crema. Desde la ventanita de la cocina, ahora era el otro muchacho cocinero el que me vigilaba cuando el mozo me sirvió ese segundo plato. Los tallarines estaban riquísimos, y la crema tenía un sabor delicioso, especial. Los espolvoreé con mucho queso, y me los fui comiendo despacito, tenedor tras tenedor, y a cada bocado el cocinerito segundo se extasiaba mirándome comer. Después de la comida, pedí un flan con crema chantilly, y le pedí al mozo una ración especial de crema. Cuando me lo sirvió, observé que la crema era mucho más vaporosa, hasta con cierta espuma, y que tenía como dos texturas distintas, bien integradas pero dejando ver algunos ríos de crema diferente, en medio de la chantilly. Esta vez el que se quedó mirándome comer fue el mozo, que al ratito le dio apuro de mirarme tan de cerca y se fue a la cocina, desde donde siguió vigilándome por la ventanita consabida. Cuando terminé el exquisito flan con la mucho más exquisita crema, pedí un cafecito. Me sirvieron un pocillo de los grandecitos, con un café aromático y que no tenía ninguna característica especial. Ahora el que me vigilaba mientras yo bebía mi café era el joven de la caja, y parecía deleitarse con cada sorbo mío de la negra bebida. Llamé al mozo, y le pedí la cuenta. Al momento vino con la cuenta, pero también me trajo un papelito. Éste decía: “¡Hola! Soy el cocinero que le hizo el bife. Le cuento que todos estamos hechizados con su belleza, y quisiéramos encontrarnos con usted. Salgo de trabajar a las 3 de la tarde aproximadamente. ¿Podemos vernos?” Saqué otro papelito de mi cartera, y escribí: “Encantada. Me llamo Romina, y mi celular es… (aquí puse mi número de teléfono celular). Voy a estar esperando tu llamado. Estoy a tu disposición”. Le entregué el papelito al mozo, pagué y me fui. Caminé despacito hacia la salida, para dejarlos mirarme todo lo que quisieran. Me fui a mi departamento. Me duché, y me puse una colonia fresca en todo el cuerpo, especialmente en la conchita. Y me acosté en mi cama, desnuda y muy relajada. Eran las 2 de la tarde, pasadas. Dormité un poco. Y a las 3 y pocos minutos sonó mi celular. Era el cocinerito número 1. Me dijo que se llamaba Eugenio, pero que los compañeros lo llamaban Genio, para abreviar su nombre pero también porque lo admiraban por las cosas ingeniosas que se le ocurrían (¡y vaya que eran lindas las cosas que se le ocurrían!). Le dije que viniera, le di la dirección y añadí que lo estaba esperando. Me pidió unos minutos para pasar por su casa y cambiarse. Esperé más o menos media hora. Cuando tocó el timbre del departamento, le fui a abrir desnuda. Se quedó mudo de asombro, y cuando entró me quiso abrazar así, todavía vestido. Me negué, y le dije que antes se desnudara. No se hizo rogar, y en un minuto los dos estábamos totalmente desnudos. Ahí sí me dejé abrazar, me acarició las tetas y me puso después las manos en mis nalgas. Y yo le toqué las bolas y la pija, que ya tenía bien dura. Y me desprendí de su abrazo para besarle el pecho, con bastante poco pelo, todavía era un pibe. Y del pecho bajé a su vientre, y de allí directamente a su pija. Me la metí en la boca, y la chupé con toda mi sabiduría felatoria: le pasé mi lengua por la punta y la fui pasando por todo el tronco de su pija, y mientras tanto me la metía y me la sacaba de la boca, para provocarle una acabada. Al ratito nomás me acabó en la boca, una leche tibia, riquísima, que me tragué toda y todavía le limpié con la lengua la que la había quedado en la pija cuando me la sacó de la boca. Fue mi primera acabada de esa tarde. Ahí nos fuimos a la cama, y me abrí bien de piernas, y él, que venía de una flor de acabada, procuró reponerse dedicándose a lamerme la conchita. Me metió la cabeza entre los muslos, y empezó, también él con gran sabiduría, a hacerme una mineta flor y flor, lamiéndome toda la zona exterior a la concha, lamiéndome y chupándome después los labios mayores, y metiendo después su lengua hacia los labios menores y el clítoris. Por supuesto, acabé, y ésa fue mi segunda acabada de la tarde. Nos quedamos un rato los dos acostados, uno al lado del otro y sin hablar. Por suerte, Genio no fuma, y como yo tampoco lo hago, la cosa fue tranquila. Al rato, yo me levanté y me fui a la cocina a preparar café. Ya el café estaba preparado cuando él se apareció en la cocina, y estaba otra vez con la pija parada. Tomamos un trago de café cada uno, y me arrastró de nuevo a la pieza. Me tiró con decisión pero con amor en la cama, y se me puso encima. Fue una cogida genial, espectacular. No sé de dónde tenía tánta leche. Pero me llenó la concha. Y esa fue mi tercera acabada de esa tarde. Eran ya como las 5 de la tarde, y me dijo si podía dormir un ratito, porque entraba otra vez al restaurante a las 7, y no quería desperdiciar ni un ratito de estar conmigo. Lo desperté a las 6 y media, y lo despedí con otra chupada de pija, esta vez con muy poca leche, pero que me provocó la cuarta acabada del día. Prometimos volver a hacer lo mismo al otro día. Y, en efecto, al otro día volvió a la misma hora y volvimos a repetir las hazañas sexuales del día anterior. Pero ese segundo día fue mucho más importante porque él me confesó una cosa que en realidad es el motivo de este relato: el día anterior, en el restaurante, yo me había comido la leche de todos: de los dos cocineros, del mozo y del cajero, y me la había tragado, extasiada, y sin saberlo, en las comidas y bebidas que había consumido. Esto parece increíble, pero esperen que les cuente cómo lo hicieron estos cuatro muchachos. Y la idea inicial fue de Genio. Me dijo Genio que cuando me vieron entrar en el restaurante, los cuatro levantaron las antenas, como hacen siempre que ven una chica que ellos consideran muy linda. Cuando me senté cerca de la ventanita que separa la cocina del salón del restaurante, me empezaron a mirar con deseos. Y cuando pedí el bife, el cocinero encargado de hacerlo (es decir, Genio) me miró con más insistencia. Cuando yo lo noté, y para provocarlo me desabroché un botón de la camisa, y él pudo mirar el nacimiento de mis pechos, y me dijo que algo más que el nacimiento, porque me moví para que me viera bastante, entonces se desesperó y sacó la pija del pantalón. Por supuesto, la tenía bien parada y anhelante: entonces tomó el bife, se envolvió la pija con el bife y se hizo la paja con bife y todo, así que la leche le saltó entre medio de la carne, y el bife se llenó de la leche de su pija. Entonces lo puso en la plancha, lo asó con el mismo jugo de la leche, y al final se sacudió un poco más la pija y le echó las últimas gotas en el bife ya hecho. Lo puso en el plato, y el mozo, Basti, me lo sirvió. Claro que todos estaban enterados, y yo fui el hazmerreír de los cuatro: Genio me vigilaba cada bocado que yo me llevaba a la boca, y era como si con cada uno de ellos él me estuviera acabando de nuevo en mi boca. Cuando pedí los fideos con crema, el segundo cocinero, Lito, dijo que esa vez la leche iba a ser de él. Me cocinó los fideos, los sirvió en el plato y se hizo la paja por encima, y desparramó su leche sobre los fideos; arriba de la leche le tiró la crema, y Basti me sirvió tan delicioso plato. Por eso era Lito el que me miraba por la ventanita, y esta vez era él el que se deleitaba con cada bocado mío. Cuando pedí flan con crema, la cosa fue más fácil. Esa vez la leche fue del mozo, Basti (Sebastián). Lo que hizo Basti fue ir a la cocina, hacerse la paja y tirar la leche en la fuente donde ya estaba hecha la crema chantilly. Mezcló apenas, y me llenó el platito de esa crema con leche de pija (me contaron después que algo de la leche quedó en la fuente de la crema, así que alguna otra clienta habrá compartido también la leche de nuestro mozo). Y en el café fue el cajero, Antonio, el que se mandó una eyaculación hermosa. Pero parece que el sabor del café es tan fuerte que tapó completamente el gusto de la leche de Antonio. Cuando Genio me contó todo esto, no lo podía creer. Y le dije que si todo eso era verdad, al otro día se viniera con los otros tres, a mi departamento, y que me dijeran todos lo que había sido esa orgía de las comidas con semen de los cuatro. Esa noche Genio me habló por teléfono al celular, y me dijo que me preparara, que al otro día, siempre a las 3 y media de la tarde, se me aparecerían los cuatro por el departamento. Y así fue. Llegó el momento, y yo como siempre esperé la visita, desnudita en mi departamento. Tocaron el timbre y fui a abrir, desnuda. Y los recibí así, de modo que todos menos Genio se quedaron asombrados, con la boca abierta, porque (me dijeron después) les parecí mucho más linda que cuando me habían visto en el restaurante. Se desnudaron en seguida, y los cinco fuimos a mi pieza. Yo me tendí en la cama, boca abajo, y uno de ellos, Lito, el otro cocinerito, me metió la pija en el culo, despacito y con vaselina (que siempre tengo en la mesa de luz). Después giramos y yo quedé boca arriba, con la pija de Lito metida profundamente. Y mi concha quedó hacia arriba, y entonces vino Basti a ocuparla. Mientras tanto, Antonio se puso a mi lado y me metió su pija en la boca, y se la chupé con ansias. Al lado de la cama, Genio se deleitaba mirando mientras se pajeaba su hermosa pija, y se pajeaba con mi mano apretada dentro de la suya. Se puede decir que los cuatro acabaron al mismo tiempo. Y me llené de leche el culo, la concha, la boca y las manos, y chupé mis manos y le chupé la pija a Genio mientras los demás se iban al baño a higienizarse. Esto nos gustó tanto que desde hace más de seis meses los cuatro muchachos vienen una vez por semana a mi departamento, y repetimos la orgía. Me contaron sus edades, y son sensacionales: Genio tiene 24 años, Lito 23, Basti 25 y Antonio 27. Tienen una potencia envidiable, y sus leches son sabrosísimas. Como variante, una vez por mes nos reunimos a comer juntos, en mi departamento. Ellos me preparan a mí platos con leche de todos ellos, y yo les preparo a ellos comidas con mis jugos vaginales. Y algunos postres los coloco suavemente sobre mi piel, y ellos me lamen todo el cuerpo, especialmente mis tetas y mi vientre y por supuesto mi conchita, que dejan limpitos de dulce de leche, o de mermelada, o de crema chantilly. No he vuelto a comer en el restaurante de los chicos. Pero en ese restaurante encontré la mejor de mis amistades y mi compañía sexual más placentera. ¡Y sabrosa! Romina Gavea Malfi 

